La naturaleza y su encanto.
Se dibuja y se redibuja a sí misma.
Con sus formas sinuosas, salientes y entrantes.
Equilibrando lo cóncavo y lo convexo.
Texturas, grietas.
Y el relieve que eleva la belleza de erosionarse para revelarse aún más bella.
Mar sereno.
ser es en el mar.
ser y amar la calma,
brisa marina.
marea suave.
azul que guía.
navega(te)
Torrente es un flujo al que no se puede nadar en contra.
Abre caminos, invade, llena, desborda, se desata.
Torrente de vida que brota, abundante, impetuosa e intensa.
Esquiva la piedra, pero arranca la raíz.
Una fuerza capaz de crear nuevos paisajes.
La naturaleza moldeando a la naturaleza.
Una serie que evoca un escenario de paz.
Un vagar por el mundo de quien se lanza a la vida, al aire y al [a]mar.
Un infinito de posibilidades para quien vive de instantes, de ahora y de sutilezas.
El viento marca el rumbo de la hoja, del pájaro, del barco y del alma que vaga.
Y se desliza despacio, desprendida, [des]o[cupada].
No se trata de estar completo, sino de reconocer la fuerza que existe en cada fragmento dejado cuando la vida lo desgarra todo.
Está lejos de lo que la mente piensa y muy cerca de lo que el alma desea.
No tiene que ver con la espera, sino con lo que uno es ahora, en su forma más primitiva y pura.
Cargado de furia, delirio y embriaguez.
Hecho para incendiar. Voraz. Visceral.
Algo que brilla y quema. Excita e inflama.
Una inquietud constante, pero también rendición, entrega y redención.
Reconocimiento y perdón. Alivio y renacimiento.
Esta serie está basada en un poema del libro Ensayos fotográficos de Manoel de Barros.
Son retratos de muchos silencios.
El silencio que camina por la noche y elabora respuestas, despedidas, reencuentros y nuevos comienzos.
Vive en las casas vacías, en las aglomeraciones, en el pecho cargado de tanto sentir y en la boca de quien espera.
El silencio que el viento sopla al mover las ramas secas y que habita en las sombras que esconden misterios.
Al adentrarse en el Atacama, la sensación es que todo está en su justo lugar; lo que quedó, pertenece a este desierto que un día fue mar.
Cada paso guía por paisajes místicos, con colores contrastantes y texturas fascinantes.
Cada disparo fotográfico es una muestra de reverencia hacia un lugar cargado de memoria, donde se puede sentir la tierra vibrar como forma de contar cada historia escondida.
Fotografiar en Sudáfrica fue el inicio de un viaje en la fotografía impulsado por el miedo y la curiosidad.
Todo guiado, básicamente, por el instinto y el deseo de aprender sobre algo tan distinto de la realidad cotidiana.
Una experiencia impregnada de adrenalina por saberse dentro del territorio del depredador, y al mismo tiempo, por observar la belleza de la coexistencia entre animales tan distintos, que parecen regirse por un código invisible de respeto mutuo.
Fernanda observaba el color vívido por todo Nueva York.
El color atraía su mirada en las calles de la ciudad, en las alturas de los edificios, en los detalles, en las ventanas y pasarelas.
Así descubrió que el amarillo conquistaba los más bellos escenarios de una ciudad viva e intensa.
Las obras registradas en Yellows of New York comenzaron con la curiosidad de encontrar ese color que clamaba por atención. Y por un disparo fotográfico.