Nativo de Itacaré, Nero sube y baja el río todos los días.
Él, con gentileza, comparte su mundo con quienes suben a su barco.
Su tiempo se mide en mareas y su vida sigue el ritmo que impone la naturaleza.
Transitar: cambiar de lugar, de estado, de condición.
Entre idas y vueltas, registro el movimiento de la vida.
Camino por el simple placer de ver la vida suceder.
Corre y mira el cielo.
Esa inmensidad azul por donde pasan pajaritos, aviones y estrellas fugaces.
Morada de la luna. El azul es el color que calma, pero también es el color del sueño, del mar y del amor.
Mi lente, mi mirada y mi alma terminan siempre volviéndose hacia el azul.
Esta serie nace de la creencia de que la fotografía tiene el poder de acceder, revelar y conectar dolores.
Y más allá de eso, puede ser también una herramienta capaz de resignificar este y tantos otros sentimientos.
En un momento de extrema vulnerabilidad, tras haber tenido mi casa invadida por asaltantes —aunque no estuviera presente— viví el sentimiento de ver mi hogar violado, mi intimidad expuesta, y fui testigo de cómo el lugar que debería ser sinónimo de refugio se transformó en miedo.
No fui víctima de violencia doméstica, pero me di cuenta de que mi propia casa había dejado de ser un lugar seguro. Me sentí usurpada e impotente ante la violencia y, al comprender que esta es una realidad recurrente en la vida de muchas mujeres que a diario sufren violencia doméstica, decidí actuar usando la herramienta en la que creía como puente directo hacia el alma de cualquier persona: la fotografía.
Impulsada por un torbellino de emociones, concebí una serie que no solo revelara mis propias angustias ante lo que me ocurrió, sino que arrojara luz sobre el sufrimiento al que son sometidas tantas mujeres dentro de sus propios hogares.
El dolor nos iguala y, en este caso, me condujo hacia dolores aún mayores y hacia cuestiones que deben ser expuestas, primero para nosotras mismas, y con urgencia, para toda una sociedad que insiste en cerrar los ojos ante la violencia de género.
Yo quería una respuesta, no una respuesta vengativa, sino una acción que produjera algo bueno: una respuesta reveladora.
Mirar por la ventana es como ver la vida enmarcada.
Es como contemplar el lienzo de una historia real.
Las ventanas revelan nuevos mundos y posibilidades infinitas.
Son destellos de luz en una habitación oscura, capaces de atravesar el espacio y el alma.